La Unesco reconoce danzas tradicionales chilenas como Patrimonio de la Humanidad. Al respecto -y vigente desde más de 400 años- la práctica religiosa-musical denominada los Bailes Chinos se convirtió en la primera expresión inmaterial que la Unesco le atribuye al país vecino.
La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura destacó la gran devoción popular que generan estas danzas y su función como modelo de integración social, que cohesionan a casi la totalidad de las comunidades locales con un fuerte sentido de identidad y solidaridad.
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En sus rituales, estos bailes muestran la diversidad cultural de un país cuya influencia viene de dos tradiciones: la hispánica de las cofradías y la música junto a los bailes de los pueblos originarios.
Su categorización como “chinos” responde porque así se dice en lengua quechua la palabra “servidor”, concepto que se utiliza para llamar a los “servidores” de la Virgen.
En tanto, los grupos de estos bailes son conocidos como cofradías y se calcula que hay unas 60 vigentes entre el norte y el centro del país trasandino. Sus danzas expresan devoción a la Virgen en numerosas celebraciones religiosas, mezclando saltos y flexiones que deben ejecutar al mismo tiempo que tocan sus largas flautas, llamadas Pifilkas y que son de origen precolombino.
Esta es la primera vez que la Unesco selecciona una expresión cultural chilena como parte de la lista de Patrimonio de la Humanidad; mientras que, en el ámbito material ya cuenta con seis lugares: las iglesias de Chiloé, Valparaíso, las salitreras de Santa Laura y Humberstone, Sewel, Rapa Nui y Qhapac Ñan (Camino del Inca, en conjunto con otros cinco países).
No obstante, a lo largo de 2015 la Unesco reconoció otras expresiones culturales de Sudamérica que ya forman parte del Patrimonio de la Humanidad: la capoeira de Brasil y las danzas yampara de Pujllay y Ayarichi en Bolivia.
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