Fue en marzo pasado que por primer vez visité Chile. Hasta ese momento me decía por qué, estando tan cerca, no conocía las bondades del país hermano, pero todo tiene su tiempo bajo el sol.
Bastó la visita de Elena Boente a la redacción (anunciando la representación de la mayorista chilena OTSI en Argentina) para que el tan postergado viaje se cristalizara.
Pergeñamos fecha y recorrido, y hacia allá fui.
Tras la escala en Santiago, el vuelo de LAN se dirigió al sur chileno, a esa región autóctona, nívea y natural que presenta como un cristal roto un sinfín de lagos y verdes increíbles.
Ni bien traspuse el hall del aeropuerto no fue difícil predecir el tiempo que transcurría en la región. Puerto Montt me dio la bienvenida con una afilada llovizna.
Sin embargo, Luis -rosarino y titular de LS Travel- con la alegría del compatriota, supo trocar el panorama con bromas y anécdotas mientras nos dirigíamos hasta la parada: Puerto Varas.
Fue el hotel Solace, un 4 estrellas Superior, el búnker desde donde partí para recorrer los paisajes sureños.
MUY BUEN COMIENZO.
Extenuado por el viaje, el primer día limité el tiempo a reconocer el centro y los alrededores, y a esperar el próximo día cuando partiríamos hacia la isla de Chiloé -el lugar de las gaviotas-, donde conviven tradiciones y mitologías ligadas a una larga lista de históricos templos declarados Patrimonio de la Humanidad, un capital único de 16 establecimientos que conforman la Ruta de las Iglesias.
Luego de cruzar el canal de Chacao en ferry y observar la fauna marina, desembarcamos en Ancud, en el extremo noroeste de la ínsula, lugar que por su clima se vio favorecido para explotar la actividad turística gracias a sus atractivos naturales y playas donde practicar deportes náuticos, buceo y pesca.
Las calles que barranca abajo mueren frente al mar, los coloridos techos de sus construcciones, el Fuerte San Antonio... un destino para saborear al igual que sus salmones de criaderos y las ostras.
Pero tampoco podíamos dejar de ver Dalcahue que con su típica artesanía chilota y sus astilleros aún mantiene viva las costumbres de los orfebres del pueblo.
El camino sembrado de olivillo, canelo, ulmo y eucalipto nos llevó a Castro, capital y centro de la isla. Guarda de tanta magia y encantos, jaspeada de paisajes y tradiciones como personajes mitológicos (el Caleuche, la Pincoya o el Trauco), la ciudad cautiva los paladares por su gastronomía marcada por el curanto, y los palafitos, construcciones costeras que, por su ganada fama, lograron hacer del lugar parada de cruceros internacionales.
Recorrimos calles, plazas y miradores, conocimos la idiosincrasia de los pobladores; la larga historia que se respira en sus museos y en cada templo que, desafiando las inclemencias del tiempo, se mantienen enhiestos; visitamos el mercado de pescadores y, para aplacar el hambre, degustamos comida casera en un popular restaurante frente al mar y fuimos de compras al mercado de artesanías.
Pero como todo concluye al fin y nada puede escapar, volvimos a Puerto Varas.
PASO A PASO.
De vuelta en el hotel, cómodamente ubicado en la habitación, disfrutaba el paisaje que comenzaba a languidecer junto a las largas sombras mientras la vista mantenía su esplendor: el lago, la catedral y el Osorno que, provocativo, seguía llamando mi atención.
Al día siguiente, antes de rumbear hacia Frutillar, quise conocer la afamada calle techada donde se celebran fiestas de todo tipo, un lugar atípico que cobija culturas y tradiciones.
A 25 km. de Puerto Varas, el paisaje cambia y se presenta como una típica aldea centroeuropea, donde los aromas y sabores conservan el sello de aquellos primeros alemanes llegados en el siglo XIX.
Fundada en 1856, Frutillar semeja una pintura paisajista, con sus casas pulcras y los canteros alineadamente cuidados, la quietud de sus calles y el imponente Teatro del Lago -donde cada principio de año se celebran conciertos internacionales-, el Museo Alemán y la antigua Casa Richter, la repostería y artesanías en madera, el puerto Philippi, las esculturas... piezas que van encajando hasta armar un delicado rompecabezas.
A mediodía, tras degustar las delicias del pueblo partimos hacia el próximo punto: Puerto Montt.
Entretanto disfrutábamos las siluetas que las humeantes chimeneas formaban en el cielo, el paisaje de señoriales construcciones con coloridas tejuelas se empequeñecía y viraba nuevamente.
Con llovizna penetrante que se entremezclaba con el tradicional smog, así nos recibió el destino.
Otro era el escenario, de populosa metrópoli con los típicos atractivos urbanos: los mall Paseo del Mar y Paseo Costanera, que concentran alrededor de 1,5 millón de visitas mensuales.
Una parada obligada fue la visita a la catedral. Totalmente construido en madera de alerce, el templo es una réplica del Partenón de Atenas. En uno de sus pilares se encuentra la piedra fundacional del lugar y en su interior se puede apreciar la rica arquitectura. Unida a esta edificación está la capilla de San Francisco de Sales, estructura gótica que guarda delicados murales.
La Plaza de Armas, la primera plaza pública con jardín que tuvo Chile; la Casa del Arte “Diego Rivera”, principal centro de manifestaciones culturales y artísticas; la iglesia jesuita, uno de los edificios más añejos de la ciudad; la caleta y el mercado de pescados y mariscos; y el conjunto arquitectónico influenciado por la colonización alemana y la hispana, nada quedó por ver.
Y así, extenuados emprendimos la retirada.
Me esperaba la frutilla del postre y había que descansar por lo que nada mejor que cobijarme en el lobby del hotel y leer unos minutos frente al cálido hogar, acompañado de un buen tinto chileno.
VENCIENDO AL GIGANTE.
Mañana gélida la del domingo, ventosa y amenazante de lluvia, pero había que ‘conquistar’ el Osorno y por qué no regodearse con los saltos del Petrohué.
Después del desayuno con panificación casera y miel de ulmo, arrancamos en busca de mayor adrenalina.
De camino, a la vera de la ruta, las típicas construcciones estampan significación al entorno que se cierra y se abre, dejando ver la majestuosidad del Todopoderoso.
El guía de LS Travel, un capo. Amante del turismo aventura, el trekking y la naturaleza, nos supo llevar por senderos donde el asfalto no crece y los sonidos y claroscuros conforman un espacio de relax único.
Adentrándonos en la región más verde de Chile, apreciamos las cristalinas aguas de ríos y lagos que salpican el lugar; las montañas y volcanes con nieve eterna y los valles, territorio mapuche, cultura que aún se respira.
Sabíamos que alcanzar los 2.600 m. del volcán sería imposible, pero alzábamos la mirada una y otra vez a medida que íbamos ascendiendo.
A mitad de camino se encuentra un refugio, allí paramos para calentarnos... chocolate bien caliente y "kuchen".
Antes de entrar se nos ocurrió caminar para estirar las piernas y el guía -como esperando la palabra mágica- cristalizó la idea y ascendimos a pie cerca de 300 m.
Las nubes comenzaron a cerrarse, el sendero desaparecía... arriba el firmamento, abajo la nada. Pero fieles al emprendimiento, firme y tozudo el grupo siguió las directivas del conductor, una odisea inolvidable.
Una vez adentro, charlando frente al hogar alguien nos alertó que estaba nevado, ¡insólito para la época! pero ahí estaba la naturaleza, caprichosa, mostrando su supremacía, y no dudamos en salir -brasileños, españoles, estadounidenses, colombianos, ecuatorianos y yo- a divertirnos. Risas, fotos, filmación, corridas, todo hacía a la algarabía de los viajeros, y así nos despedimos del Peripillán, nombre nativo del volcán.
Cuesta abajo nos esperaban los saltos del Petrohué, entonces ¡adelante!
A esta altura, el sol discurrió el telón de odiosas nubes iluminando el lugar de manera impecable.
En el interior del Parque Nacional “Vicente Pérez Rosales” las aguas bajan formando singulares saltos cristalinos que corren en medio de un paisaje de copiosa vegetación, entre formaciones geológicas producto del avance y retroceso de glaciares, todo un espectáculo a cielo abierto listo para las fotos o el recuerdo más grato.
Unos cuantos minutos bastaron para saciar mis ansias de explorador, culminando la primera parte del viaje a Chile. Aún me esperaba Santiago.
Me fui impregnado de naturaleza, mimado por la calidez reinante y la satisfacción de haber sido sorprendido y mis expectativas sobrepasadas.
La Región de los Lagos, un espacio para el asombro
Sincretismo de tradiciones y culturas, espejo de perfumados verdes y serpenteantes corrientes de agua, apacibles valles y desafiantes montañas, naturaleza viva... amalgama de colores y sabores, la X Región chilena: un valioso destino para conocer.
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