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Quito: una crónica desde la mitad del mundo

La mitad del mundo y el punto más alejado del centro del planeta tiene un nombre: se llama Quito, la capital de Ecuador, que encerrada entre volcanes y a 3 mil metros de altura ostenta uno de los centros históricos mejores conservados del mundo.

A mediados de agosto, un grupo de periodistas argentinos y chilenos, invitados por el Ministerio de Turismo de Ecuador, tuvieron la posibilidad de recorrer durante 11 días los paisajes únicos de un destino que sorprende a cada paso.
Los ecuatorianos aseguran que su país es el resultado de la confluencia de cuatro mundos: la costa del Pacífico, Galápagos, la Amazonía y los Andes; una amalgama cultural y natural cuya capital, Quito, está situada, literalmente, en la mitad del mundo.

MITAD DEL MUNDO.
“Usted llegó al museo solar, puso sus pies sobre la línea máxima de la latitud 0º0’0” y equilibró un huevo en el centro magnético del planeta Tierra.” El certificado, firmado por el curaca y una testigo del museo de sitio Intiñan, asegura ni más ni menos que eso: haber parado un huevo de gallina en la cabeza de un clavo en el sendero que transita la línea del ecuador.
El museo Intiñan, emplazado a 250 m. del monumento principal de la Ciudad Mitad del Mundo, exhibe desde muestras en formol de animales típicos de la selva, como boas, tarántulas y los temibles peces candirú –parásitos que se trasladan por la orina de los hombres–; hasta una cabeza reducida por los jíbaros que, como trofeo absoluto del sitio y “porque hay gente impresionable”, la guía recoge sigilosa desde el oscurantismo de un mueble. “Se estima que la cabeza de este chamán fue reducida hace más de 100 años. Se pueden observar los detalles de las facciones de su cara, hasta los pelos de las cejas y las pestañas”, comenta mientras gira una miniatura del tamaño de una pelota de tenis ante nuestras cámaras fotográficas.
Entre los principales atractivos del museo se destacan las demostraciones de los fenómenos físicos vinculados a la latitud 0, donde los visitantes son los protagonistas.
Además de equilibrar un huevo, otras curiosidades son también corroborables si estamos parados sobre la línea imaginaria del ecuador.
Provistos de una bacha movible –la que convenientemente se desplaza dos metros hacia la izquierda o dos hacia la derecha–, los guías del museo muestran como el agua al retirarse por el desagote gira en el sentido de las agujas del reloj en el hemisferio norte, invierte su recorrido en el lado sur del mundo y cae sin provocar ningún remolino justo sobre la latitud 0, donde este fenómeno, denominado efecto Coriolis, desaparece.

CAMINAR A 3 MIL METROS DE ALTURA.
Es mediodía y el sol nunca cae tan perpendicular al punto donde estás parado como a estas horas en Quito, donde los caminantes se arrastran sin sombra que los imite.
Incluso las gárgolas de la basílica, con figuras de aves, iguanas, tortugas, caimanes y otras especies autóctonas, pierden su volumen y pareciera que se sumergen en el gris monótono del monumental edificio.
Cansa andar por las callecitas adoquinadas del casco histórico de Quito.
El valle irregular que aloja esta ciudad de 2,5 millones de habitantes es un capricho natural de subidas y bajadas que promedian los 3 mil metros de altura.
La capital de Ecuador está asentada en un corredor angosto de 5 km. de ancho por 30 km. de largo, flanqueado por el volcán Pichincha, que tutela la ciudad desde sus 4.700 m. de altura.
El núcleo antiguo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1978, se recuesta sobre la ladera del cerro Panecillo, cuya cumbre está coronada por la Virgen de Quito, una escultura de 32 metros de altura desde la que se tiene una panorámica inigualable del trazado urbano en damero –característico del diseño colonial– que confluye en la plaza de la Independencia.
Desde este punto neurálgico la mejor opción para conocer el centro es caminar, siempre que no estemos transitando nuestro primer día en la Reina de los Andes.
Porque para la jornada inaugural de cualquier “gringo” la ciudad tiene su regla de oro: “El primer día en Quito hay que comer y beber poquito, caminar chiquito y dormir solito”.
Segundo día entonces. Atrás quedó el ceviche de “La casa del señor encebollado y la señora bandera”, una huaca típica de Quito en el barrio paquete de La Mariscal.
Según los locales, el patrimonio arquitectónico de Quito se conservó gracias a la pobreza del pueblo, ya que los dueños de los edificios históricos nunca contaron con el dinero suficiente para derrumbar y volver a construir.
De todo este conjunto se destacan las iglesias y conventos, que constituyen verdaderos tesoros de la imaginería de Ecuador, representante de la Escuela Quiteña, integrada por artistas indígenas y mestizos que trabajaron bajo la dirección de los religiosos europeos.
La iglesia de la Compañía de Jesús, considerada la más perfecta en su simetría y uno de los templos más bellos de América Latina; la iglesia de la Merced, cuyos portales de piedra son los más antiguos de Quito; la iglesia de San Francisco, asentada sobre las ruinas del palacio del inca Huayna Cápac y que domina el espacio de la plaza homónima; y la Catedral, que conserva los restos del mariscal Sucre; son verdaderos ejemplos de esa arquitectura mestiza.

OTAVALO, ROSAS Y FRITADAS.
Hay gorros, banderas y vinchas, pero también carteras, cintos y remeras; y por supuesto platería, bijouterie, camisas de Zuleta –las que usa Correa– y máscaras de Uma y otros diablos de las culturas locales; alpargatas, ponchos y tapices tampoco faltan; y chalinas, tejidos y bordados abundan.
En realidad pocas son las cosas que no hay en el mercado de Otavalo, a 110 km. al noreste de Quito, en plena serranía.
El pueblo indígena del mismo nombre que organiza esta mega feria ha sabido conservar sus costumbres, incluidas sus manifestaciones culturales y artísticas y por supuesto la vestimenta y el idioma.
Casi invariablemente, los hombres otavalos llevan recogido su pelo con una trenza, la cual es sagrada y cuya extirpación significa una de las mayores ofensas.
Y así como Otavalo es la ciudad de las artesanías en tela, Calderón es el pueblo de las fritadas, típica comida ecuatoriana a base de cerdo, plátanos y papas; Cayas la ciudad de los bizcochos con queso de hoja y manjar de leche; y Pedro Moncayo, la Capital Mundial de la Rosa.
Es que por sus condiciones climáticas Ecuador es el mayor productor de flores del mundo, y entre ellas las rosas son las más apetecidas por los mercados europeos.
Desde Pedro Moncayo hasta Calderón baja cada día en su 4x4 Juan Flores, un productor que asegura vender entre 2 mil y 4 mil bonches diarios, paquetes de 25 rosas cada uno.
Flores, que acredita su apellido con una tarjeta personal –porque la coincidencia entre su identidad y profesión es difícil de creer–, habla de la tercera guerra mundial, que va a ser por el agua, dice, y enumera los sitios estratégicos donde se están asentando los yanquis para asegurarse el preciado líquido.
También denuncia la explotación de un empresario ruso, que paga a los productores 25 centavos por cada rosa y luego vende la unidad a € 5 en Ucrania.

LA RONDA

De todo el centro histórico, quizás la zona más pintoresca sea el barrio de La Ronda. Este tradicional enclave quiteño ha sido restaurado conservando su fisonomía original, que data de los primeros años de vida de la capital de Ecuador. Casas bajas con balcones de madera, patios españoles, puertas ornamentadas, rejas de hierro y techos de tejas de barro dominan la escena de La Ronda, en medio de calles adoquinadas que cobijan tiendas de tejidos y artesanías, galerías de arte, restaurantes y confiterías típicas. Cuna de pintores, escritores y poetas de los años 30, La Ronda es una de las calles más tradicionales y antiguas de la ciudad. Y quizás el único lugar donde los nostálgicos pueden volver a encontrase con una Beba, una bebida típica de la infancia de los ecuatorianos.

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