Inicio

Inocencia que rueda bajo el sol

Una rambla interminable. Playas extensas, de aguas calmas y con escasa densidad de visitantes. Pasión por el Carnaval. Candombe y murga. Todos estos ingredientes hacen del vecino país un sitio para vivir experiencias irrepetibles. Imposible no enamorarse de esa querida tierra.

Parece no terminar más. Es una gran serpiente que, tras muchos siglos de haber vivido bajo tierra, decidió asomar su nariz para ver qué pasaba de este lado del mundo. En su abrupta aparición, el animal deslizó su panza en forma paralela al curso de un río, el más ancho del mundo. Precisamente ése fue el principio de su eternización: vaya a saber por qué extraño hechizo, la serpiente quedó convertida en piedra. Y parece no tener fin; hoy no se sabe en qué punta de ella está ubicada su cabeza y en cuál su cola, pero esto es lo que menos importa. Lo que sí interesa es que, al día de hoy, cualquier mortal puede andar sobre su lomo y disfrutar de un relajante paseo -de cara al sol, si es verano, o enfrentando la llovizna eterna, en otoño-. No se han registrado evidencias de ataques por parte de la enorme serpiente de piedra: es más, los viejos sabiondos dicen que ella disfruta el cosquilleo de esos piececitos humanos. Así es la rambla de Montevideo. Disculparán ustedes este arrebato de opinión, pero a quien escribe le gusta pensar que la rambla es, de algún modo, la tarjeta de presentación de Uruguay. "Así soy, como esta rambla: estoy para ser caminado y comprendido; para tranquilizar a las ánimas con mis aguas (tengo marrones y transparentes, para todos los gustos). Estoy como un tributo a la nostalgia, y como un ícono de la celebración del encuentro. Existo por y para la fraternidad." Así dice, seguramente, la tarjeta de presentación del paisito.
Y ya que el paseo comenzó por Montevideo y su rambla, el derrotero será continuado hasta el final.
Si bien la rambla es una, la misma va cambiando de nombre según la sección de ciudad que atraviesa. Así, la rambla Sudamérica es la que introduce al visitante en la ciudad de Montevideo para depositarlo literalmente en la zona portuaria, donde además de barcos de gran calado y otras construcciones navieras comienza a asomar la Ciudad Vieja.
Antes de llegar al puerto, la rambla toma el nombre del presidente estadounidense Franklin Roosevelt, atraviesa toda la Ciudad Vieja, el Mercado del Puerto y demás edificios antiguos hasta tomar el nombre de rambla 25 de agosto y poner límite a todas las calles del centro de la ciudad que mueren en ella.
Luego bordea una pequeña península, cambia otra vez su nombre por el de rambla Francia, y más adelante pasará a llamarse Gran Bretaña y República Argentina.
Estos tres segmentos son los que permiten tener el mejor contacto con el Río de la Plata. Podría decirse que no hay uruguayo sin un trozo de rambla en su corazón, ya que esta construcción está íntimamente relacionada con la idiosincrasia y la forma de ser del montevideano quien, mate en mano, siempre está listo para largas caminatas tanto en las primeras horas del día como al atardecer.
Aunque la mayor parte de las costas de estas tres ramblas exhiben formaciones rocosas, poseen también pequeñas playas que permiten descalzarse y disfrutar un poco del sol.
Pero más al sur aparecen nuevos nombres. En la rambla Presidente Wilson el espacio lindero es el barrio Parque Rodó (homenaje al escritor uruguayo José Enrique Rodó), que ostenta un espacio verde que ocupa gran parte del distrito. Vale la pena darse una vueltita por la playa Ramírez, el ex Parque Hotel (actual sede del Mercosur) y el Teatro de Verano, escenario de la competencia oficial del Carnaval.
A poco de seguir caminando se llega a la rambla Gandhi y al barrio Punta Carretas. Otrora área marginal, era frecuentada por lavanderas y pescadores. En 1915 se abrió allí una penitenciaría que en dos oportunidades fue escenario de fugas dignas de la pantalla grande: la de los anarquistas en los ‘30 y la de los tupamaros en los ‘70. Hoy funciona allí un centro comercial, en tanto el barrio fue poblándose de ciudadanos de clase media alta.
Pero el plato fuerte viene después, a la altura de la rambla República de Perú: allí asoma la playa de Pocitos. Además de disfrutar de sus aguas, en ella el paseandero puede practicar todo el año un sinnúmero de actividades, como surf y windsurf, canotaje, kayak, remo, natación, vóley y fútbol. De hecho, el Ministerio de Turismo y Deporte de Uruguay organiza permanentemente actividades deportivas que tienen como escenario a esta playa citadina.


PERFUME DE CARNAVAL.
Hay que sentirlo por lo menos una vez en la vida. Es como un empujón de bramidos que impulsa al cuerpo hacia atrás, que estremece, que provoca pánico y una inmensa sensación de felicidad a la vez. Una catarata de voces que ubica a cualquier hombre frente al abismo, de cara a su propia y mísera finitud; pero también frente a la prístina belleza de sentirse vivo. Sólo es necesario proponérselo: "cruzar el charco" para arribar a la cálida Montevideo en febrero, y otear en algún barrio. Caminar las calles, observar bien, y descubrir algún afiche en la pared que anuncie la actuación de una murga uruguaya: por ejemplo, "Agarrate Catalina".
A ver: aquí dice: "Agarrate Catalina presenta `El Viaje` - Teatro de Verano". Ya estamos sentados en la tercera fila. Como suele suceder en estas ocasiones, la luz se atenúa e invita a hacer silencio. Todo transcurre sobre carriles normales; no obstante, el espectador nunca hubiera imaginado tal contraste entre la previa y la alzada del telón. En la penumbra las vaporosas luces van cincelando unos 20 espectros, que poco a poco se acomodan en el escenario. Son viejos fantasmagóricos, arrugados, con tremendas narizotas y orejas.
Bien podrían ser el espejo de cada uno de los espectadores, aquel que devuelve una imagen del futuro, una imagen para dentro de 20 ó 30 años. En el escenario aterra el paso cansino de los actores; su disfraz de vejez provoca la atracción de lo revulsivo.
Se plantan frente a los micrófonos, y ahí nomás largan los vozarrones. Como regla general, las murgas uruguayas están conformadas por tres tipos de cuerdas de voces: los primos, los sobreprimos y los segundos. El arreglo musical y entrecruzamiento de los coros murguistas, sumado a la actuación de los integrantes de "La Catalina", provoca efectos sorprendentes en el espectador: primero se le estremece el corazón, en una rara mezcla de ternura y desasosiego; luego, una mano invisible le hace cosquillas que provocan carcajadas incontenibles, pero enseguida lo toma de la nuca y le golpea la cabeza contra la realidad, temible pared; más tarde, esa misma mano hecha de voces lo arropa y lo tranquiliza.


"Si he de morir/Que me muera de tanto vivir/Con la furia de la tempestad/Incendiándome el alma/Al partir, si he de partir/Que me parta la vida un amor/Y transforme mis huesos en flor/En algún carnaval", canta "La Catalina".


Según aseguran los locales, el Carnaval uruguayo es el más largo del mundo, ya que se extiende durante todo febrero y buena parte de marzo. Durante 40 días, en desfiles callejeros y escenarios, se despliegan espectáculos llenos de color y alegría, en los que las murgas son las protagonistas indiscutidas. Comienza el último sábado de enero con un desfile inaugural por la Avenida 18 de Julio -principal arteria de Montevideo-, donde intervienen todos los grupos que actuarán en los días siguientes junto a carros alegóricos y muñecos gigantes llamados "cabezudos".
De este modo, el Carnaval no sólo permite al turista participar en una gran fiesta, sino también tomar contacto con la intimidad del espíritu y el carácter del pueblo.
Durante febrero y mitad de marzo, los llamados "tablados" -escenarios populares- florecen diseminados por todo Montevideo. Lo más recomendable es hacerse una escapada al Teatro de Verano, un anfiteatro al aire libre en el Parque Rodó y con capacidad para más de 4 mil personas, donde se desarrolla el Carnaval "oficial": allí compiten, en distintas categorías, unas 60 agrupaciones carnavalescas. El Gran Truleque, Agarrate Catalina, La Mojigata, Diablos Verdes y Falta y Resto -cada cual con sus colores representativos- , son sólo algunas de las murgas que año a año tiñen de música y colores los días de carnestolendas.
Pero hay algo que acontece previo al Carnaval, durante el primer fin de semana de febrero. El hombre buscaba una calle con un nombre, para él, hermoso. "Isla de Flores." Esperaba encontrarse, al menos, con una vía con bulevares verdes y floridos: nada que ver y, a la vez, todo que ver.
Es decir, no había espacios verdes ni flores, pero sí reinaba un clima de alegría veraniega de tiempos pasados. El cartel en la esquina decía, efectivamente, "Isla de Flores", y lo que allí transcurría era lo más parecido a una isla de infancia en el gran agujero del tiempo. En ambas veredas habían sido dispuestas largas hileras de sillas repartidas en tres filas y mirando hacia la calle. Los niños ("pantalón cortito, bolsita de los recuerdos", define el cantautor José Carbajal en su canción-obra maestra "Chiquillada") corretean, se tiran con nieve y papel picado, piden golosinas a sus padres. Juegan. La gente que se acerca va tomando posición en sus asientos. "Quedate quieto, botija", dice uno. Son las primeras pinceladas del desfile de Llamadas.
Su origen se remonta a los años posteriores a 1760, cuando, siguiendo las procesiones cristianas del Corpus Christi, los esclavos negros comenzaron a ganar las calles montevideanas. Poco a poco se fue instalando la tradición de autorizar el descanso y el disfrute de los esclavos en el día de San Baltasar, oportunidad que los negros aprovechaban para realizar sus reuniones y celebrar actividades religiosas y políticas, camuflados bajo disfraces que satirizaban a sus amos.
Momo, el dios del Carnaval, ya colgó en el cielo una naranja de ombligo, bien redonda la luna. Allá lejos se escucha el bramido de una gran bestia que todavía no se alcanza a distinguir: tiembla el piso.
Se acerca la barbarie. Es la primera comparsa detrás de su estandarte. Algunos de los integrantes flamean inmensas banderas sobre las cabezas de los asistentes, quienes levantan sus manos para tocar la tela y sentirse, por un segundo, parte de esa expresión de libertad. Los niños se alocan de alegría.
Luego aparecen bailarines que sostienen muñecos y figuras de estrellas y medialunas, recordando en parte la religión africana que profesaban los negros antes de llegar a tierras rioplatenses.
Siguen otros personajes característicos de la Montevideo colonial. Por ejemplo, el "Gramillero", un viejo con levita y una valija que baila con sus años a cuestas, y mueve su cuerpo como una ameba, pretendiendo seducir con su baile a la "Mama Vieja", generalmente una mujer de color que a pesar de sus años menea sus caderas de forma sensual y femenina.
El desfile se completa con el "Escobero", la "Vedette" y el "Bailarín" o "Bailarina", a los que se suman el cuerpo de baile y la cuerda de tambores -llamados también tamborileros-, estos últimos dueños absolutos de esos truenos insoportables.
Sarabanda, Yambo Kenia, Elumbe, C-1080, Tronar de Tambores, La Gozadera y Okavango, son algunas de las cerca de 50 agrupaciones de 150 integrantes cada una que desfilan por la calle año tras año, durante las Llamadas.
Para disfrutar de este desfile desde las sillas dispuestas en ambas aceras, es recomendable comprar las localidades con anticipación -puesto que se agotan rápidamente- en los locales de la red Abitab (algo así como las oficinas de Pago Fácil argentinas). También se hacen reservas en balcones y azoteas de las casas que dan hacia la calle, y muchas de ellas incluyen un ticket por chorizos, asado y bebida.


LAS OTRAS PLAYAS.
Para llegar a ese mágico lugar el viajero debió tomar un ómnibus en la terminal Tres Cruces de Montevideo, que lo condujo hacia el sureste del departamento de Rocha. Alrededor del Km. 270 de la Ruta Nacional Nº 10 se bajó del ómnibus. Estaba anocheciendo, y dado que se trataba de un pequeño poblado a la vera de la playa, el visitante temió perder el rumbo. No obstante, experimentó una fuerte sensación de seguridad. Entrecerró los ojos y divisó, a unos 300 m., un ejército de luciérnagas en fila, a ambos lados de un camino de tierra. Hasta allí fue el caminante.
La hilera de faroles improvisados (botellas plásticas cortadas al medio, con una vela en su interior) iluminaba las manufacturas de una copiosa feria artesanal, cuyos puestos eran simples paños tendidos en el suelo de tierra. No había alrededor ningún sinónimo de ruido (coches, música, tumulto de gente, nada): sólo llegaba una brisa fresca y un secreto del mar.
Luego de una breve caminata, se retiró a descansar. Si bien es un poblado pequeño, Valizas cuenta con una adecuada oferta de posadas, cabañas, hostales y hasta domicilios particulares con buenos servicios.
Al día siguiente, un cielo sin sospechas de nubes lo invitó a recorrer las playas del lugar: eran gigantes, despobladas, y de una finísima arena blanca.
Pero no todo era relax allí. En Valizas siempre hay algo para hacer. La mayoría de las actividades tiene que ver con el agua y la arena, pero también es posible hacer trekking y caminar hasta el arroyo Valizas, que conduce al magnífico e imponente bosque de ombúes; visitar la laguna de Castillos o subir el cerro Buena Vista.
Nuestro viajero optó por la caminata, y se dirigió hacia la desembocadura del arroyo. Allí, un viejo lobo de mar lo invitó a su barcaza de madera y, por unos pocos pesos, lo condujo hacia la otra orilla.
"Ahora, a cruzar los médanos. Del otro lado está Cabo Polonio", le recomendó el anciano.
Esas montañas de oro en polvo no parecían representar ningún inconveniente. Pero los pies se hundían en la arena, y el ascenso se hacía arduo. Para peor, a medida que se ganaba altura sobre los médanos, la brisa marina soplaba cada vez más fuerte. Los cristalitos de arena levantaban vuelo y pegaban latigazos a las piernas del turista. Eso era el desierto del Sahara, y él, un indigente beduino sin camello. No se rindió.
Tras dos horas de caminata llegó a Cabo Polonio. Ese lugar de casitas distantes entre sí era ideal para tomarse una cerveza bien helada con unas sabrosas rabas. Así lo hizo nuestro héroe, en una colorida barraca con vista al mar.
Recuperado, se decidió a caminar. Las hermosas, anchas y cálidas playas, el faro, los puestos de artesanías locales, hacen del lugar un sitio perfecto para pasar el día. Y también, un sitio perfecto para imaginarlo como morada permanente para nuestras agitadas vidas.

CINCO IMPERDIBLES DE URUGUAY

• Pasear por la rambla.
Asistir al desfile de Llamadas.
Ver murgas en el Teatro de Verano.
Ir de recorrida por los viejos boliches de Montevideo. Uno de los más tradicionales es el Café Brasilero, en Ituzaingó 1447, el más antiguo de la ciudad. Otro: en la Av. 18 de Julio 899 está "The Manchester". Adentro esperan la típica cerveza Pilsen (tirada o en botella), mozos charlatanes, una magnífica variedad de chivitos y la mejor fainá de Uruguay.
Conocer las playas menos tradicionales.

Temas Relacionados

Deja tu comentario