Resulta por lo menos escabroso continuar haciendo una entrevista ligada a viajes y turismo a alguien que, ante la primera pregunta sobre si es afín a tomarse vacaciones, contesta con un rotundo “No”. Sin embargo, el personaje en cuestión, con exquisita labia, con ese mismo tono familiar y respetuoso que lo caracteriza, le salva la ropa a este periodista de una manera sublime: luego de ese “no”, el entrevistado realizó tal selección de palabras que quien escribe quedó alegremente satisfecho, con la inconfundible sensación de haber hecho bien la tarea. Claro, es que delante del grabador está
“… pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, y éste puede tocar para Burruchaga… siempre Maradona… ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta-ta-ta-ta-ta-ta… ¡Goool!... ¡Goool! ¡Quiero llorar! ¡Dios santo, viva el fútbol!...”
Víctor Hugo Morales, un hombre a quien la magia de la radio le corre por las venas desde que era gurrumín, y en cuya personalidad confluyen algunos ingredientes -calidad, calidez, profesionalismo, cierto aire de dandy- que lo sitúan en el podio de los grandes tipos. Quién no guarda todavía, entre sus más gratos recuerdos, la mitad de uno de los momentos de mayor alegría de los argentinos…
“…¡Golaaazooo! ¡Diegooo! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme… Maradona en una corrida interminable, en la jugada de todos los tiempos… Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?... para dejar en el camino a tanto inglés…
Claro, la otra mitad estaba del otro lado de la cabina, en la cancha, completando con su zurda mágica, y en simultáneo con el relato, una pieza poética de la que todavía hoy habla el mundo entero.
“… para que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina… Argentina 2 – inglaterra 0… Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona… Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 – Inglaterra 0.”
Su voz es aire fresco en el aire, rúbrica de una posición tomada tanto en el acontecer diario como en su propia vida. Para algunos el mejor relator de fútbol de todos los tiempos, para otros el arquetipo del periodista modelo, este personaje mítico de la radiofonía rioplatense dice de la profesión que abrazó con profundo amor: “El periodismo tiene que ser necesariamente opositor, como un fiscal que no está para aplaudir sino para corregir. Creo en el periodismo como fiscalía. Es la primera definición que tengo. Fiscalía que actúa en nombre de la gente que te delega el poder al escucharte” (*). Señoras y señores, giremos el dial imaginario y sintonicemos esta emisión de Víctor Hugo Morales, versión viajes y turismo.
-Esta entrevista no tendría razón de ser si a usted no le gustara salir de vacaciones. ¿Le gusta vacacionar?
-No. Nunca en mi vida me tomé vacaciones. No creo en las vacaciones. Creo en la construcción de cada día, cada semana, cada mes, y del año. Siempre tomando al trabajo como eje, me tomo (porque puedo, naturalmente. Mi profesión me lo permite) una semana en algún sitio del mundo, pero desde ese lugar hago el programa. Y cada día de mi vida está construido con la certeza de que, estando las cosas en orden en mi vida, yo voy a disfrutar de una función de cine, teatro o conciertos. Hoy, por ejemplo, ha sido un día muy agitado, y lo cierro con un concierto en el Teatro Colón, con la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires como protagonista. Me voy a escuchar la séptima de Beethoven, y eso me ha tenido feliz todo el día. En consecuencia, el buen proyecto de cada día rompe con el estrés de acumular exigencias para después tratar de quitártelas de encima en 30 días de vacaciones. Por lo tanto, la receta que yo le he dado a mi vida -que quizás sólo me sirve a mí, y que no es recomendable para otros- es: construyan cada día de una manera totalizadora, combinando trabajo y disfrute.
Si bien dejó en claro que la idea de las vacaciones lo conmueve en una proporción igual a cero, algo distinto le produce al uruguayo la idea de viajar:
“La vida es increíble. Sigo preparando mi próximo viaje con el entusiasmo del primero. Todos los que viajan mucho te dicen: `Estoy podrido de viajar´, y para mí es algo extraordinario, algo que hago muy contento”. (*)
-Cuando emprende un viaje, ¿con qué aspectos del enclave se conecta más?
-A mí me gustan las grandes ciudades. Yo soy devoto de París, de Nueva York, de Londres. Y prefiero las ciudades con una oferta muy amplia de lo que me gusta, que normalmente pasa por el teatro musical, particularmente la ópera. Construyo mis viajes en función de las alternativas disponibles en ese sentido, en un sitio determinado. O también en función de partidos de tenis, deporte que también me convoca.
“Me interesa viajar, pero con un pretexto como eje”
Luego, ya no viajo por el placer de ir a un lugar y conocerlo. Aunque no conozca un sitio, aunque nunca lo haya visitado, no me interesa viajar por eso. Me interesa viajar, pero con un pretexto como eje. Entonces voy, concretamente, por ejemplo, a una semana de ópera en una determinada ciudad.
-¿Alguna vez le ha sucedido pensar: “Este puede ser un lugar para quedarme a vivir”?
-Sí. Yo podría vivir en Nueva York. París es un poquito más agresiva, aunque me gusta más como ciudad para visitar. Estéticamente me llevo muy bien con París, pero el paisaje humano, finalmente, no me es tan variado y grato como el de Nueva York. Esto siempre hablando de lugares fuera de Buenos Aires y Montevideo, que elijo por el hecho de moverme como pez en el agua (en el caso de Buenos Aires), o por razones afectivas (Montevideo). Pero sí podría vivir en otros sitios.
-¿Qué pequeños rincones recomienda explorar en el caso de Nueva York?
-Todo lo que es el Lincoln Center, donde está el Metropolitan Opera, el Avery Fisher Hall, el Beaumont Theater. Todo ese conglomerado de teatro de prosa y musical, ópera, ballet y música instrumental es para mí el ombligo del mundo, y de alguna manera es mi ombligo. También me gustan mucho los lugares de jazz, como Blue Note (N. de la R.: Blue Note Jazz Club es un excelente bar de Nueva York, ideal para escuchar a los mejores exponentes del género. Está ubicado en 131 West. 3rd Street).
Y me deleito mucho con la parte de los ríos neoyorquinos. Cuzar el río East, desde Queens, en barco, mirando toda la ciudad: me encanta contemplar Manhattan.
También disfruto del Central Park y sus alrededores, bajo una perspectiva bucólica de caminar y mirar.
Solía complacerme mucho correr, entrometiéndome en las ciudades con la práctica de la actividad física como excusa. Era una manera de transitar más las intimidades de cada urbe, corriendo por cualquier lado y perdiéndome en ellas.
-¿Y qué sitios ha descubierto bajo la influencia de la actividad aeróbica?
-Todo lo que es la maravilla del Borghese o del Trastévere en Roma; el encanto del río Sena, en París; o del Támesis, en Inglaterra. También he corrido muchas veces en los jardines de Luxemburgo, en París.
Cualquier amante de los viajes podría quedar perplejo ante un paisaje dominado por la montaña o el mar. Permanecer en actitud contemplativa frente a una postal de naturaleza abrumadora forma parte de esos pequeños grandes momentos de inexactitud en la vida de un mortal, que provocan, en el alma y de manera simultánea, impresiones de pequeñez y grandeza. Nada de esto le sucede a Víctor Hugo:
-En líneas generales soy una persona de ciudad y no de la naturaleza. No me interesan las montañas ni el mar. Me hacen sentir finito, pequeño. En cambio lo humano me hace crecer espiritualmente. Me gusta tomar contacto con lo que hace el hombre y sus manifestaciones culturales.
Las ciudades son un fruto del hombre. Vivo siempre en pisos altos porque me gusta contemplar la ciudad. Tengo mucha más afinidad con ellas.
Yo vivía en un piso con una vista desde la cual podía contemplar, de un lado el río, todo para mí, y del otro lado la ciudad, y la vista que ampliamente prefería era la de la ciudad. Porque era la que atesoraba la tarea del hombre: las avenidas, las calles, los semáforos, los negocios.
-Desandando los caminos de Latinoamérica, ¿qué lugares lo han conmovido más?
-De Latinoamérica me subyuga la plaza del Zócalo, en México DF, así como la plaza San Martín, en Lima. Y en Argentina me fascina Salta. Como verás, tengo una afinidad con ese tiempo colonial.
La provincia de Entre Ríos tiene cosas que todavía la gente no valora, o no sabe todo lo que tiene allí, y sobre todo lo cerca que lo tiene. Son para mí muy atractivas las playas sobre el río Uruguay. Concordia, Concepción del Uruguay, Paraná… La convivencia entre el río y las ciudades de Entre Ríos -con sus dos ríos, el Paraná y el Uruguay- es muy cautivante.
Pero esto puesto a andar caminos, porque muchas veces debo hacerlo, y me gusta estar en esos sitios: lo paso bien, pero nunca me quedaría demasiado tiempo. Enseguida me tira estar en Buenos Aires. Meterse al interior de Buenos Aires, todo lo posible, es el mejor de los viajes para mí.
-¿Y cómo es su relación con Montevideo?
-Montevideo me gusta afectivamente. Tiene algunas cosas destacables como la Rambla, única en el mundo (como la de Río de Janeiro, y yo creo que todavía más que la de Río). Es una rambla única, un sitio excepcional y bellísimo.
Pero fijate vos: esta noche, en Buenos Aires, se produce una batalla campal dentro de mí, ya que debo elegir entre 30 obras del circuito profesional de teatro, 30 del off, conciertos por todos lados: Buenos Aires es inmensamente atractiva. A veces me voy de aquí, y cuando salgo me doy cuenta que no me tendría que haber ido, porque esa semana se van a producir muchos acontecimientos de tipo cultural. Siempre ocurre algo muy excitante en Buenos Aires.
(*) Del libro "Víctor Hugo x Víctor Hugo", de Víctor Hugo Morales, editorial Sudamericana.
Algo de encantamiento se produce en los oyentes cada vez que sintonizan en la radio la voz de Víctor Hugo Morales. Como si del otro lado del receptor hubiera no sólo un conductor y periodista de gran talante, sino una presencia que sabe escuchar, interpretar la realidad circundante y, fundamentalmente, transmitir ese tipo de confianza sólo adosable a un amigo de toda la vida. Quizás algo de esto encuentre su explicación en la maduración cabeza a cabeza: es decir, Morales fue tan protagonista del crecimiento de la radio, como la radio del crecimiento y maduración de Víctor Hugo en su rol de hombre del éter. “La radio era el centro de mi vida. Estaba pegado al receptor los días de fútbol, pescaba muchos programas de Buenos Aires, como `El Glostora Tango Club´ y `Los Pérez García´, pero mis preferidos eran los radioteatros del mediodía de Radio Porteña y los de las cinco de la tarde de Radio El Mundo. Recuerdo que cuando era muy chico, en invierno, la rutina consistía en cenar temprano, a las ocho, y acostarnos a escuchar la radio. Yo, en una camita al lado de la de mis padres, con la radio prendida como si fuera ahora la televisión. Mi recuerdo familiar indeleble es la luz de esa radio en la oscuridad. A medida que pasaban las horas la luz se hacía tan fuerte que teníamos que apagarla, era el símbolo de que terminaba el día.” (*) (*) Del libro “Víctor Hugo x Víctor Hugo”, de Víctor Hugo Morales, editorial Sudamericana.
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