“Esos picos me están prepoteando”. Fue lo primero que pensé cuando los vi desde la ventanilla del pequeño ómnibus. Habíamos dejado El Calafate un par de horas antes, y estábamos arribando a El Chaltén. Desde la ruta ya se veían, despuntaban desafiantes, los picos del cerro Fitz Roy y sus compañeros. Y yo pensaba: “Esos picos me están prepoteando”.
Pero mis pensamientos no se ubicaban en una posición de valentía o altanería, como desafiantes de los gigantes de piedra. Más bien todo lo contrario: me hacía pis encima. Había visitado El Chaltén hacía más de 10 años, y en aquella oportunidad había hecho todo lo que un amante del trekking debe hacer: caminar y caminar, recorriendo senderos entre bosques y valles, refrescándome la cabeza en los arroyos, acampando en diferentes campamentos-base. Claro, era joven y valiente. Pero ahora, con 34 “ñoquis” encima -más contemplativo, menos aventurero y con una agorafobia que se acentúa cada año-, lo único que me motivaba era la presión que me metía mi esposa, quien todavía adora hacer trekking.
En parte por demostrarme que aún estoy en carrera, en parte por complacer a mi compañera de vida, acepté el reto de visitar El Chaltén. Y no me arrepiento.
Al bajar del ómnibus nos dirigimos al hostel Pioneros del Valle, muy recomendable para quienes, como nosotros, buscan un lugar económico para dormir. La propiedad ofrece, entre otros servicios, 12 amplias habitaciones (privadas o compartidas) con baño privado; sistema de calefacción por radiadores; wi-fi; servicio de mucama; y cocina-comedor totalmente equipada.
Acomodamos nuestras mochilas en la habitación, y salimos a precalentar. Para ello elegimos una caminata que demanda dos horas aproximadamente, con un desnivel de 200 m., y que permite llegar a la laguna Capri. Era un día nublado y algo fresco; el cielo plomizo contrastaba con el verde brillante del pasto silvestre.
En el primer tramo de recorrido miramos hacia atrás, y allí estaba, pequeñito y pujante, el pueblito de El Chaltén. A la izquierda, una víbora verde -el río de las Vueltas- se escabullía y se golpeaba la ñata contra una piedra gigante.
Seguimos a paso firme, y llegamos hasta un mirador natural rocoso. Continuando por la misma senda, tomamos el desvío en dirección sur.
Algunas sensaciones empiezan a pegarse, como imborrables fotos, en nuestro espacio cerebral de recuerdos: el crujido que producen las pisadas sobre las ramitas secas, el discurrir de algún arroyito de deshielo, bolas verdes de pasto coronadas por pequeñas florcitas silvestres amarillas.
Rodeamos un árbol añoso, otro, y allí estaba una vista única de El Chaltén y sus agujas periféricas. Bajaremos lentamente la mirada, desde esa poderosa punta de piedra hasta nuestro nivel, y divisaremos una de las más bellas lagunas de la Patagonia, como es la Capri.
En mi anterior viaje, el de hacía una década atrás, la había visto con una pátina de sol que la hacía lucir un pomposo brillo dorado. Hoy las nubes la tiñeron de plateado, y la transformaron en una preciosa abuelita de la anterior postal.
El Chaltén: una bisagra en la vida del caminante
LA COSECHA DE AVENTURAS NUNCA SE ACABA.
Listo, ahora sí nos animábamos a lo que viniera. Y lo que vendría sería superador. Decidimos encarar la caminata a la laguna de los Tres, el sitio más próximo al cerro Fitz Roy y, sin lugar a dudas, la más famosa de las travesías.
También decidimos que lo haríamos de ida y vuelta: una locura total, teniendo en cuenta que desde la cabecera del sendero hasta la laguna hay de cinco a seis horas de caminata, sólo de ida. Si bien el itinerario es de dificultad media, también es cierto que es extenuante. Lo más aconsejable es llevar una carpa y parar a mitad de camino, en el campamento-base Poincenot; pasar una noche allí y al otro día continuar con lo que resta de camino hasta llegar al punto deseado.
La cabecera del recorrido empieza al final de la avenida principal del pueblo, la San Martín. En una primera etapa, el camino es el mismo que nos conduce a la laguna Capri. La pendiente es algo pronunciada, hasta ingresar en el valle del arroyo del Salto en dirección al cerro Fitz Roy.
Tras dos horas de andar nos detuvimos en un mirador natural bien señalizado sobre una roca, con un cartel que permite interpretar el paisaje que se presenta frente a nosotros.
Luego seguimos viaje, siempre remontando el arroyo del Salto hasta la zona de drenaje de las lagunas Madre e Hija. A unas cuatro horas de la partida se llega primero al campamento base Poincenot (libre) y, luego de cruzar el río Blanco, al campamento base Río Blanco (sólo para escaladores).
El cartel de madera barnizada era tan visible como claro en sus conceptos. Decía: “A Laguna de los Tres. Sr. visitante: los últimos 500 m. de este sendero tienen mayor dificultad y exposición al vacío. No suba si no posee calzado alto (botas de trekking) y experiencia en senderos de montaña. Evite accidentes”.
Efectivamente, el sendero prosigue por una pared rocosa. “No pasa nada, sólo hay que pensar que estás subiendo una escalera”, me decía, mientras la agorafobia comenzaba a calarme los huesos y a provocarme un horrible sudor frío. Y a podarme las palabras hasta dejarme mudo.
Sin problemas, aunque exhaustos y en silencio, ascendimos esa pared con puntas de piedra. Tontos de nosotros dos, creíamos que traspasando ese obstáculo ya llegaríamos a la laguna de los Tres: cuando arribamos a la cima, nos encontramos con un espacio abierto, gris y pedregoso, que todavía debíamos cruzar.
Contradictoriamente, la mezcla entre impaciencia y miedo me envalentonaba para llegar. Mis últimos 10 pasos me trasladaron a una plenitud total. Háganse a la idea: siluetas de piedra mal recortadas por una inmensa tijera desafilada; un mar de hielo que se detuvo cuando la ola estaba por romper; debajo de esta imagen, una lujosa bandeja de cristal, la laguna. Coronaba la postal un terciopelo azul sin ninguna nube que molestara, y un silencio de velorio.
Y en medio, nosotros dos, ínfimos y contemplativos. Con miedo, cansancio e inseguridades, pero con un apabullamiento total de los sentidos (yo); y con una incalculable y contagiosa energía y alegría por vivir (mi compañera). Algo puedo asegurar: definitivamente, de esta experiencia uno no sale igual a como llegó. Y eso no es poca cosa.
Para los días en que escasean las ganas de hacer largas caminatas, un paseo recomendable es acercarse hasta el Chorrillo del Salto, a 4 km. de El Chaltén por la Ruta Provincial 23. Después de recorrer unos 300 m. a pie aparece una cascada de 20 m. de alto, en medio de un típico bosque andino patagónico de ñires y lengas. Este circuito también cuenta con una bici-senda. Ideal para mate con bizcochitos.
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