Todas la excursiones que pueden realizarse en Bariloche –Cerro Catedral, Cerro Otto, Circuito Chico y Cerro Tronador, entre otras– deparan un gran placer a los sentidos. Pero las que se llevan a cabo en los lagos tienen un condimento especial: el de recorrer algunos de los paisajes más bellos del mundo, ni más ni menos.
Bariloche: infinita belleza entre lagos
Hay diversas opciones, algunas muy exclusivas, aunque sin lugar a dudas la que permite gozar de toda la diversidad de fisonomías y biomas es la que permite llegar, incluso, hasta el otro lado de la cordillera.
DEL ZAFIRO A LA ESMERALDA.
Para dicha excursión se ofrecen varias alternativas: navegar solamente el tramo hasta Puerto Blest, extender el paseo con una inolvidable incursión por el lago Frías e ir aún más allá, cruzando la frontera con Chile, ya sea hasta Peulla o hasta Puerto Varas.
De modo que la duración de la salida será de día completo si se toma sólo el tramo de Argentina, o de lo que el pasajero desee en caso de pasar al país vecino, ya que se puede pernoctar en algunos de sus puertos.
Comencemos por el primer tramo: Puerto Pañuelo-Puerto Blest.
La embarcación –un acogedor catamarán con cómodas butacas, mesas y servicio de bar– zarpa desde Puerto Pañuelo, en la península de Llao Llao. Allí comienza la gran experiencia, con sólo contemplar la vista a través de la ventana: una encantadora postal con el legendario hotel Llao Llao, el prolijo verde de los alrededores y las altas montañas a lo lejos, teñidas de nieve.
El itinerario se inicia en el lago Nahuel Huapi, a través de su brazo más imponente: el Blest. El azul zafiro de sus aguas, junto a las nubes bajas ondulando casi a ras del lago, crean un espléndido efecto visual que es el preludio de la asombrosa belleza que se apreciará más adelante. En tanto, las gaviotas escoltan incansablemente la embarcación sabiendo que en cualquier momento los pasajeros subirán a la cubierta no sólo para deleitarse con el paisaje sino para ofrecerles trozos de galletitas a cambio de que posen para una de las fotos ineludibles del viaje.
Durante la primera hora de navegación se observa el islote Centinela, donde descansan los restos del perito Francisco Pascasio Moreno, padre de los Parques Nacionales en Argentina. Este dato, y el resto de la precisa información, es brindada por un guía a lo largo de todo el trayecto.
Diversas cascadas se aprecian a ambas márgenes del lago, y si alguna tiene mucho caudal por recientes lluvias, el capitán no duda en torcer el timón para que los pasajeros puedan verlas de cerca y tomar fotografías.
Luego se arriba a la cascada de los Cántaros. Para verla es necesario subir unos cuantos escalones –casi 700– a través de una escalera de madera ancha y en muy buen estado, aunque desde la primera escala del ascenso se puede apreciar la caída de agua.
Camino arriba comienza a sentirse la humedad del ambiente y por momentos los senderos se oscurecen, ya que uno se está internando en la frondosa vegetación de la selva valdiviana. El objetivo es llegar al lago de altura Los Cántaros, donde nace la cascada y a la vez permanece en pie un imponente alerce de más de 1.500 años.
De regreso a la embarcación, y a sólo cinco minutos de navegación, se accede a Puerto Blest, un sitio que desde hace años maravilla a turistas de todo el mundo. Una vez allí se puede caminar por la bahía, disfrutar de un silencio prácticamente inconcebible para quien vive en grandes ciudades y contemplar los grupos de árboles de hojas amarillas y rojas que parecen creados por un pintor impresionista. También hay un restaurante llamado Barranco de los Huillines –en referencia al nombre del mamífero que habita en los lagos– y un espacio con mesas para picnics.
Desde aquí se puede continuar el viaje o bien retornar a la ciudad.
Para quienes deseen seguir deslumbrándose con el paisaje está la posibilidad de navegar por el lago Frías, peculiar por sus aguas verdes que provienen de uno de los glaciares del cerro Tronador, límite natural entre Argentina y Chile.
Para eso los pasajeros se internan en la selva ya mencionada a bordo de un bus, durante aproximadamente 15 minutos, bordeando el río Frías, un camino sinuoso que desemboca en Puerto Alegre, a orillas del lago Frías, desde donde se toma otra embarcación para navegar durante media hora a través de parajes de belleza indescriptible, cuyos contornos se duplican en el manso espejo esmeralda. En este magnífico tramo de la excursión se pasa frente a una enorme pared de piedra donde anidan cóndores, que pueden ser avistados por los turistas, y luego se arriba a Puerto Frías, desde donde se emprende el regreso navegando a Puerto Blest, o se continúa la aventura hacia el lado chileno.
EL CRUCE ANDINO.
Quienes escogen la segunda opción, la del cruce andino, recorren la mítica ruta a través de lagos andino-patagónicos que unen a Argentina con Chile, por la que hace más de cuatro siglos transitaban los nativos huilliches y mapuches.
Tras realizar los trámites de migraciones, se aborda un bus 4X4 especialmente acondicionado para transitar la zona. De este modo se atraviesa la cordillera por deslumbrantes paisajes de la selva valdiviana hasta llegar a Peulla, una villa ecológica ubicada en el corazón del Parque Nacional Vicente Pérez Rosales. Es un lugar mágico, rodeado de bosques milenarios y una vegetación exuberante que maravilla a los visitantes.
Se trata de un destino turístico muy visitado –se sugiere pernoctar una o dos noches–, cuyas cascadas, riachuelos, lagunas y aves invitan a numerosas actividades al aire libre como canopy, cabalgatas, kajak, safaris en 4x4 y trekking. Para la pausa y el descanso, hay a disposición numerosas opciones gastronómicas.
Desde Peulla se puede regresar a San Carlos de Bariloche o continuar con la travesía a través del lago de Todos los Santos en dirección a Petrohue.
Así, retomando la vía terrestre, se visitan los saltos de Petrohue y, finalmente, bordeando el lago Llanquihue se arriba a la ciudad de Puerto Varas.
De esta manera se concluye un recorrido que comenzó a transitarse en 1913, cuando un grupo de turistas cruzó la cordillera de los Andes a través de un paso fronterizo, uniendo a Peulla con Bariloche como una buena forma de comunicar a los países vecinos.
Otra interesante opción que se ofrece en Bariloche es la tradicional excursión a la Isla Victoria y el Bosque de Arrayanes, que se realiza en medio día o día completo, y también se inicia en Puerto Pañuelo.
El clásico paseo, que ya ha sido disfrutado por millones de turistas nacionales e internacionales, brinda la posibilidad de conocer un atractivo único en el mundo: el Bosque de Arrayanes.
Tras una hora de navegación se arriba a la península de Quetrihue, ubicada en el noreste del lago Nahuel Huapi y lugar de asiento del bosque.
Cabe señalar que el arrayán (“quetrihue” en lengua mapuche) es un arbusto de exquisito color azafrán y flores blancas que, en este sitio, toma la envergadura de “árbol” para formar un inusual y asombroso bosque, con ejemplares de hasta 15 m. y entre 500 y 650 años de edad.
Previamente, como primer tramo del itinerario, se navega durante 30 minutos hacia Puerto Anchorena, Isla Victoria, en donde es posible disfrutar de una muy variada flora, que incluye gigantes sequoias, tuyas, eucaliptos, pinos, robles, cipreses, coihues y ñires, aparte de infinidad de pájaros.
Además, se pueden recorrer los senderos que llegan hasta Playa del Toro, para descubrir allí las pinturas rupestres hechas por pueblos originarios habitantes de esta zona, en el marco de una espléndida playa de arena volcánica, o recorrer otros rincones como Puerto Gross, Radal y Piedras Blancas.
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