Pescado al vino blanco, una tabla de quesos y baguette: al mejor estilo francés. Pero estamos en Saint Martin, en pleno Caribe, donde el mar es uno de los más turquesas del mundo, donde las morenas regalan su mejor sonrisa a los visitantes, donde siempre el sol brilla incondicionalmente. Es que este destino es una perfecta síntesis de ambos mundos.
Escenario de numerosas contiendas que se sucedieron a lo largo de su historia, recibió hombres con sed de colonización de España, Holanda y Francia, cambió de nacionalidad en 18 ocasiones, pero actualmente forma parte de la colectividad francesa de ultramar. Por eso, es habitual escuchar a la gente hablar en francés y recomendar que la Bahía Orientale es como Saint Tropez por sus restaurantes y deportes náuticos. Es allí precisamente donde en un simple chiringuito de playa probé platos de la alta cocina francesa y fui atendida por un joven francés que llegó para quedarse algunas temporadas en este paraíso caribeño.
La playa está dividida en dos: la de talante animado, donde se puede practicar parasailing, kite surf, esnórquel y buceo; y la apacible y privada, destinada a los partidarios del nudismo. A poca distancia -cinco minutos de taxi bote, al norte de la bahía- la Ile de Pinel promete mayor tranquilidad a lo largo de toda una jornada, ya que de hecho no hay autos ni electricidad. Cualquiera sea la elección, el paisaje es imperdible, digno de una playa soñada del Caribe.
Pero hay mucho más, tanto del lado francés como del holandés -la otra parte de la isla-. Así, siguiendo la línea hacia el norte se recuesta Anse Marcel, que se enfrenta a la isla Anguilla, y donde se asegura un ambiente familiar; Grand Case, hacia el oeste, epicentro de la excelente gastronomía de la isla; Happy Baie es la siguiente, poco frecuentada debido a su difícil acceso, siendo elegida por parejas en busca de sitios románticos; Baie Rouge, que tomó su nombre debido al color de la arena y donde existe infraestructura de restaurantes; y Baie Longue, frecuentada por surfistas.
La mayoría -hay más de 50 sitios- despliega las mejores condiciones para la práctica de buceo, con una visibilidad que ronda los 100 m. Las costas cuentan con barreras coralinas donde habitan infinidad de peces multicolores, mantarrayas y hasta tortugas marinas. De hecho, los fondos marinos forman parte de una reserva natural sumamente rica que invita a ser visitada.
Asimismo, existen en el calendario numerosos eventos ligados al mar organizados tanto del lado francés como del holandés de la isla, destacándose la regata Heineken, que se celebrará del 4 al 7 de marzo de 2010, con la convocatoria de más de 300 embarcaciones; el concurso de pesca Billfish Tournament en Front de Mer, previsto para mediados de junio, que combina deporte y esparcimiento, ya que se pueden dar paseos en barco y degustar la exquisita gastronomía local; y el Marlin Cup, en mayo, en la Marina Royale, con pesaje de los más grandes ejemplares del mundo marino.
Caribe con cadencia francesa
Desandando la isla.
Cuando uno visita el Caribe, las playas constituyen el sitio de interés por antonomasia. Sin embargo, este destino ostenta otros secretos para descubrir cuando baja el sol o algún día en el cual el ánimo pase por ir a conocer. Entonces la visita al mercado podría ser una muy buena opción porque allí uno intercambia impresiones con la población local y conoce desde frutos exóticos hasta creaciones artísticas. Ubicado en Marigot, capital de esta parte de la isla, el mercado aglutina más de 100 puestos multicolores atendidos por morenos que despliegan artesanías, frutos, legumbres frescas, pescados recién capturados del mar, langostas y todo tipo de crustáceos. Un párrafo aparte merecen las especias: canela, vainilla y pimientas varias son algunas de las más elegidas, pues son originarias de estos confines. Lo mismo que los ron fabricados en la zona. Vale la pena pasar media jornada -hay que tener en cuenta que permanece abierto todos los días, excepto los domingos- y comer en los "lolos" o restaurantes típicos de la isla.
Camino al mercado se perciben las construcciones con identidad propia, mixtura de la huella europea y la influencia caribeña. Es que cuando llegaron los habitantes del Viejo Mundo demarcaron la ciudad en forma cuadrada, con las casas todas alineadas. En esa traza se dispusieron las viviendas de madera y piedra, pintadas de colores vivos, al igual que marcos y ventanas. También la impronta del arquitecto Ali Tur de los años '30 es importante.
En la ruta de la Bahía Oriental se encuentra Mont Vernon Plantation, una antigua plantación de azúcar que pasa revista sobre la historia económica y productiva de la isla. Fue a mitad del siglo XVIII cuando los habitantes comenzaron a dedicarse a la industria azucarera hasta el siglo XIX, cuando se abolió la esclavitud. Entonces pasaron a trabajar en la extracción de sal en los estanques de Gran Case, Chevrise, Quartier d ‘Orléans y Great Bay. El turismo tomó la posta a partir de la década del `50. Además de este pasado, el lugar cuenta con un museo del café, otro del ron y un jardín con ejemplares de algodón, banana, guava, limones y tabaco, por nombrar algunos.
La Granja de Mariposas es otro atractivo que vale la pena conocer no sólo por todo lo que se puede aprender acerca de las cientos de especies, sino también por el ambiente creado, pleno de vegetación, cascadas y fuentes. El visitante se interiorizará y descubrirá en vivo el ciclo vital de las mariposas, desde la puesta de huevos, pasando por la oruga hasta ver a la mariposa salir de la crisálida.
Al pie del Pic Paradis se localiza la Loterie
Farm, que permite adentrarse en las diversas especies vegetales y animales, y practicar turismo aventura. Luego, para seguir con los desafíos, la idea es caminar por el cerro, que se alza a 424 m., entre la espesa vegetación. Al término del recorrido el paisaje se revela en todo su esplendor: parte de Saint Martin y, más allá, las islas vecinas de Saint Barthélemy y Saint Eustatius. Pero el lugar ostenta más de 40 senderos para desandar a pie, en mountain bike o a caballo, y muchas veces terminando en la playa.
Rosario de destinos.
Las islas que se reparten más allá de Saint Martin representan una tentación para quien está de vacaciones, sobre todo porque están a pocos kilómetros de distancia. Saint Barthélemy parece tan distante al común de los argentinos no sólo por la lejanía, sino por lo oneroso. Pero estando en Saint Martin, el paseo no cuesta tanto. Cita obligada de ricos y famosos, la isla despliega restaurantes gourmet, bares chics, hoteles de gran lujo, yates que valen millones y tiendas de grandes marcas en Gustavia, la capital. Todo eso se encuentra a la vista, al igual que sus excelentes playas, como las de la bahía de St. Jean, que las pueden disfrutar todos. Hasta allí se llega en barco -salidas cada tres horas- desde Marigot, Oyster Pond o Philipsburg, en el lado holandés.
Anguilla es otra de las posibilidades: llegar hasta allí implica cambiar de nación, ya que tiene raíces inglesas, por lo cual se habla inglés y se maneja por la derecha. Sus playas son realmente únicas. De hecho, la Shell Bay fue nominada como una de las 10 más bellas del mundo. Además de asolearse en la costa, se puede nadar con delfines. Para llegar hay que tener en cuenta que cada media hora parten barcos desde Marigot.
Para las personas de espíritu intrépido, Saba es la alternativa más aconsejable. El volcán dormido Mont Scenery se alza a 872 m., tiene pendientes abruptas y 1.064 escalones para trepar hasta la cima. También es recomendable lanzarse al agua para descubrir peñascos y rastros de lava que conforman un paisaje submarino sumamente particular. Hasta aquí se arriba desde Philipsburg en barco.
A Saint Kitts es más complicado el acceso, ya que es únicamente en avión desde el aeropuerto de Princess Juliana. Allí las propuestas incluyen escalada del volcán Liamuiga por senderos que se bifurcan por la selva hasta la cima, coronada por vertientes de agua caliente. Por otra parte, también vale la pena conocer Brimstone Hill Fortress, un fuerte construido por los esclavos a lo largo de más de 106 años.
Navis, por último, evoca al Caribe de antaño, con sus construcciones llenas de reliquias, su gente y su forma de vida simple y tranquila. Por eso no hay que dejar de dar un paseo para conocer y adentrarse en este paraíso perdido. Se llega en avión desde el aeropuerto Princess Juliana.
De visita por la isla, un domingo 30 de julio, la noche calurosa congregaba a los pobladores para cantar y seguir a sus ídolos del gospel, jazz, reggae y calipso en el marco del Summer Fest. Si bien constituye una celebración local, la cita es muy interesante. Así me pareció en aquella oportunidad porque uno puede tener contacto con la gente y disfrutar de su música.
Los espectadores se preparan, como cada fin de semana de julio, para vivir una serie de shows musicales únicos, con el toque de informalidad propio del Caribe. Ahora es el turno del gospel, la música de carácter religioso que surgió de las iglesias afroamericanas en la década del '30 y que se distingue por el gozo y el entusiasmo demostrado al cantarse.
Ingresamos a una explanada donde hay mucha gente, pero nada de amontonamientos, sillas de plástico para quienes deseen presenciar el show más cómodos, y un escenario que es una fuente inagotable de canciones alegres. Casi como Ricky Martin, Kirk Franklin mueve sus caderas estupendamente al ritmo del gospel y con su carisma contagia a los espectadores.
Claro que si no tiene la suerte de viajar por esa fecha, la cita será el domingo por la mañana en algún templo o iglesia local.
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